Jorge y sus crímenes

De entre todas las cosas que sucedieron en 1928, hay una que me parece particularmente afortunada: el nacimiento de Jorge Ibargüengoitia. Y de entre todas las cosas que sucedieron en 1983, hay una que me parece particularmente trágica: la muerte de Jorge Ibargüengoitia.

México le ha dado al mundo grandes escritores. No me voy a entretener en enumerarlos por que seguramente se me olvidaría más de uno; en lo que sí me voy a entretener es en hablarte, lector, lectora, de las múltiples y muy extensas razones por las cuales Jorge Ibargüengoitia es el más grande de todos.

Razón número uno: Ibargüengoitia es el mejor humorista de la literatura mexicana y quizá el único. Verás: mientras la élite política y sus satélites intelectuales se dedicaban a venerar la Revolución Mexicana, Ibargüengoitia escribió un libro burlándose de ella; y mientras otros escribían novelas contra las dictaduras de América Latina, Jorge escribió una farsa maravillosa en la que los héroes son tanto o más ridículos que sus enemigos. Hablo de Los Relámpagos de Agosto y Maten al León. Hazte un favor y lee ambas[1].

Razón número dos: Ibargüengoitia no se toma en serio. Admitámoslo: en pocos entornos se venera tanto el ego como en el intelectual, e inmerso en ese medio, Ibargüengoitia escribió un libro de cuentos que es casi una colección de burlas de sí mismo. Jorge se asume torpe, pobre y antiintelectual en La Ley de Herodes[2] y en casi todas sus colaboraciones para Excélsior, muchas de las cuales se reunieron en Instrucciones para vivir en México.

Razón número tres: Ibargüengoitia es atemporal. Escribió desde novelas históricas hasta farsas políticas, pasando por cuentos de todos sabores, crónicas de viaje, editoriales periodísticas y obras de teatro. Cada una de sus letras es devastadoramente actual y profundamente sarcástica; te atrapan con carcajadas y te mantienen enganchado con reflexiones.

Razón número cuatro: Ibargüengoitia es un espejo. Dicen quienes tuvieron la suerte de conocerlo personalmente que hablaba como escribía y escribía como hablaba, que era lúcido e insobornable. Y así como era, sus obras lo reflejan no sólo a él mismo sino a ti. Y a todos. Léelo y verás, te verás.

Razón número cinco: Ibargüengoitia es crítico. Tenía, como pocos, la capacidad de ver la realidad desde una perspectiva que, sin ser amarillista o pesimista, le permitió señalar hasta la más pequeña grieta en las paredes de este edificio que llamamos México.

Razón número seis: Ibargüengoitia no se complica. Sus plumazos (o teclazos, vaya usté a saber con qué escribía) son simples y directos, y en eso radica parte de su genialidad. Es accesible para cualquiera y la sencillez de su estilo permite leerlo y releerlo en distintos niveles. Además, por su dominio de diversos géneros, tanto el lector que busca la brevedad como el que aprecia lo enciclopédico encontrarán en la obra de Ibargüengoitia algo de su agrado.

Razón número siete: Ibargüengoitia se ajusta al hilo conductor de este espacio. Espiralia ha tratado, hasta ahora, de dedicarse a autores que han logrado brincar de un medio a otro. En particular de la literatura al cine. Ibargüengoitia no es la excepción: la extraordinaria Dos crímenes, novela publicada en 1979, fue llevada al cine a mediados de los 90 por Roberto Sneider con Damián Alcázar en el papel estelar. Ambas, novela y película, son un verdadero deleite. Te cuento la trama a grandes rasgos, a ver si logro picarte la curiosidad: Dos crímenes trata sobre un hombre que, aunque no es precisamente inocente, es buscado por la policía por un crimen que no cometió. Huye en busca de un lugar para ocultarse y como no tiene ni en qué caerse muerto, va a dar a casa de familiares donde teje, con mentiras y pasiones, un enredo del que resultan los mentados dos crímenes.

De la obra de Ibargüengoitia podría decirse mucho más, pero tampoco se trata de servirte todo “peladito y en la boca”. Baste con decir que el humor seco de Ibargüengoitia, de ascendencia sajona más que latina, y su habilidad para trivializar lo trascendente y engrandecer lo cotidiano, lo convierten en el único escritor mexicano que logra entregarnos una visión diferente de la realidad nacional.



[1] Las obras de Ibargüengoitia, ya sean novelas, cuentos, teatro y demás, las encuentras publicadas por Joaquín Mortiz. Estos libros sí puedes juzgarlos por sus portadas, que fueron ilustradas por la esposa de Jorge, Joy Laville.

[2] Todo mexicano que se respete sabe que la Ley de Herodes es “O te chingas o te jodes” y, además, que la película del mismo nombre no está basada ni remotamente en el cuento de Ibargüengoitia.

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